HEARS Y COMO SE GESTO LA GUERRA DE CUBA

“Tú haz los dibujos, que yo pondré la guerra”, le espetó William Random Hearst, que en aquel momento era uno de los magnates de la prensa más importantes de los Estados Unidos, a uno de sus dibujantes. Pocos días antes, lo había enviado a La Habana con la misión de que enviara material gráfico al New York Journal para ilustrar el conflicto que desde hacía algún tiempo se libraba en las páginas de aquel diario. Corría 1898, Cuba era entonces una colonia de la corona española y su sociedad se hallaba dividida entre quienes querían seguir perteneciendo a España y quienes deseaban la independencia, que habían comenzado a protagonizar revueltas.

Estados Unidos seguía de cerca los acontecimientos que se sucedían en la isla y, desde los diarios que controlaba Hearst, se hablaba de insurrecciones, de luchas encarnizadas; de campos de concentración en los que los las tropas españolas dejaban a los insurgente cubanos morir de hambre y de enfermedades; de inseguridad y de amenazas para los ciudadanos estadounidenses que se habitaban en la isla; así como otras historias exacerbadas y generosamente aderezadas con dosis de efectismo y morbosidad.

Y sin embargo, cuando el dibujante del New York Jounal desembarcó en la capital cubana no se encontró con la situación crispada que se explicaba en su diario. De hecho, no halló suceso alguno que retratar. Todo estaba tranquilo, en calma, por lo que, completamente estupefacto, envió un telegrama a Hearst pidiéndole permiso para regresar a Nueva York. Pocos días después, llegó la respuesta del magnate: “Yo hago las noticias”. Y eso fue justamente lo que hizo: alimentó una guerra, un conflicto armado entre EEUU y España que acabaría con la obtención de la independencia de la isla y que supondría el fin de la hegemonía española sobre las últimas colonias que poseía en Asia y América, que pasarían a estar bajo dominio de los Estados Unidos.

Con aquella guerra, Hearst demostró por primera vez el poder de la prensa, capaz de influir en el destino de la política y de los negocios. Era un personaje controvertido, capaz de dejar a un lado los escrúpulos con tal de vender más diarios; de alterar hechos, maquillarlos para que resultaran más escandalosos y truculentos, e incluso de provocarlos para que su diario fuera el primero en publicarlos. Imprimía a las noticias un estilo sensacionalista acusado y apostaba por temas que tenían que ver con crímenes, sucesos e historias pseudocientíficas, que a menudo acompañaba de periodismo de investigación al total servicio de su ideología y ambiciones políticas.

Por el sesgo de sus diarios y sus artículos, lo acusaron de xenofobia y de estar contra las minorías; de apoyar al gobierno nazi y de preparar el camino para la caza de brujas. Pero, lo cierto es que Hearst, en tan sólo tres décadas, consiguió revolucionar la manera de hacer y de consumir periodismo; construyó un vasto imperio de medios de comunicación, el más grande monopolio de todos los tiempos, desde el que tripulaba, en buena medida, el curso de la historia. Y muchos de los diarios y revistas que creó siguen existiendo hoy en día y gozan de gran popularidad y prestigio.

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